Comunicación de malas noticias a los niños y duelo infantil

 

Imagínate que te vas de vacaciones durante un mes y cuando vuelves te enteras de que  tu mejor amigo ha fallecido el mismo día que marchaste. Preguntando a tus familiares porque no te han dicho nada la respuesta es:

  • No queríamos hacerte sufrir y ahora que ya ha pasado un mes tu dolor será menor (al igual que el de ellos que va aminorando)
  • Es mejor que hayas disfrutado de tus vacaciones en lugar de asistir a un funeral, que siempre es más desagradable.
  • Para que vamos a explicarte como ocurrió si no hubieses podido hacer nada y por eso tampoco te lo vamos a explicar ahora que ya es una cosa pasada, ¡Qué más te da saber que pasó si ya sabes que tu mejor amigo ha muerto!
  • Además no vamos a responderte más preguntas porque lo que debes hacer es reponerte, hacer vida normal y no anclarte en pensamientos sobre ese suceso.

Cuando el sujeto es menor estas barbaridades se suelen reproducir en la mayoría de los casos y, apelando al bien del menor, solemos repetir estas escenas cuando en realidad lo hacemos porque no estamos preparados para explicárselo o por miedo al dolor de los demás.

Es muy importante aprender a enfrentarnos a la muerte y el duelo en los niños. En general deberíamos evitar las siguientes conductas y pensamientos:

  • Evitar hablar con los niños o darles explicaciones, porque “total son pequeños y no se enteran de lo que pasa”
  • Hablar con metáforas e historias increíbles (papá ahora es un ángel, mamá se ha ido al cielo y está mejor). Los niños tienden a la fantasía, pero no son tontos.
  • Exclusión total de la situación. Sacarlos de la situación durante el proceso y tratar de que se adapten como si no hubiese pasado nada a su vuelta.

Los niños, como los adultos, en caso de muerte, tienen el derecho de estar informados de lo que les sucede a sus seres queridos, a tomar parte activa del proceso y a que se fomenten todas las actuaciones pertinentes para que su duelo sea elaborado de forma adecuada. Nadie puede quitarles ese derecho, pero según la edad lo abordaremos de una manera u otra.

Factores que influyen en el duelo infantil

  • Edad del menor: reacciones y abordajes diferentes
  • La importancia del objeto perdido.
  • El duelo no siempre es por muerte: pérdida de un diente, de seguridad si se separan sus padres o separación del entorno cuando empiezan al colegio. En adolescentes puede ser  por ruptura de pareja.
  • Experiencia de pérdidas anteriores: si ha tenido pérdidas anteriores puede ayudar, aunque si ha tenido muchas y no están resueltas pueden ser acumulativas.
  • Observación de la elaboración de duelos anteriores en personas próximas: no esconder el dolor ante el niño y explicarle los pasos y rituales que se van a seguir, así el sabrá que se espera de él.
  • El contexto de la pérdida: dependiendo si es repentina o lenta, fortuita o producida por el hombre. El niño acepta mejor las pérdidas que han podido elaborarse con tiempo.
  • Sensibilidad del entorno y las personas queridas. Si se siente querido y entendido buen predictor de un duelo no complicado.
  • La expresión emocional y cognitiva: que pueda expresar sus sentimientos y responder a sus preguntas.
  • Las ideas que el niño posee sobre la muerte
  • Lo que se dice al menor y como se le dice.

Es importante que en la educación del niño no se eviten los temas relacionados con la muerte, las pérdidas y los sentimientos derivados de ellas.

¿Qué entienden los niños y como explicárselo?

0-24 meses: Desconocen el concepto de muerte, pero sienten la ausencia de sus cuidadores primarios. Darles afecto y seguridad.

2-5 años: (2-3) lo que no se ve, no está, cuando algo desaparece de su vista puede sufrir tanto como con su pérdida definitiva. Conforme van creciendo ven la muerte como algo temporal y reversible, similar a dormir. Trabajar sobre estos conceptos erróneos mediante la observación de la naturaleza. Sufren tanto por la pérdida temporal de una persona como por su pérdida definitiva. Sensibles a la falta del cuidador primario y pueden buscar consuelo en un objeto.

6-8 años: La muerte se interpreta como algo malo. Les cuesta verla como algo natural. Le tienen miedo y si ocurre cerca se cuestionan su propia vida y la de sus seres más cercanos. Trabajar la muerte como un estado de la vida.

9-12 años: se adquiere la concepción adulta de la muerte. Comprenden el significado de la muerte y ya lloran de tristeza ( a los 3 no llora porque su madre ha muerto, estará inquieto o llorará porque no está con él). Vigilar sentimientos de culpa ( a veces piensan que es porque han hecho algo malo o que eso solo le ocurre a los malos). Al principio habrá más dependencia del otro progenitor y no debemos romper esa unión, le ayudará a sentirse seguro y elaborar el duelo, la dependencia se irá eliminando posteriormente.

13-18 años: Perciben la muerte como más cercana y se suelen refugiar en actividades de alto riesgo, adoptando una actitud inmortal.

Qué se le dice al menor y como

Si sabemos como hacerlo nos sentiremos más aliviados y seguros y minimizará el impacto traumático.

  • Que el menor esté informado cuanto antes de todo lo que sucede: son observadores (espías) y saben que algo pasa, es mejor desvelar la intriga que mantenerla.
  • La persona que debe dar la mala noticia debe ser alguien cercano al menor. Vinculación importante, figura de seguridad.
  • Buscar un lugar tranquilo, íntimo.
  • Discurso breve y adaptado al nivel del menor. “mamá ha muerto”, “el médico ha dicho que tenemos que operar la pierna” y ver si lo ha entendido: 3 conceptos que deben ser claros (irreversibilidad (no va a volver, es para siempre), involuntariedad ( se han ido porque no hay otra opción, no van a un lugar mejor), no funcionalidad ( ya no funciona su cuerpo).  Si es mayor , a partir de 5 años, se le pueden  explicar otras dos : universalidad( es algo que le ocurre a todos los seres vivos)y  excepcionalidad (no nos morimos con facilidad, lo normal es vivir muchos años)
  • Dar respuesta a las expresiones emocionales y cognitivas del menor: responder a sus preguntas con sinceridad y adaptado al vocabulario y consolarlo sin evitar sus emociones.
  • Explicar lo que puede suceder para tranquilizarle: anticipar da seguridad. Explicar como será su visita al médico, como va a ser el funeral, o los pasos para recuperar su osito

Reacciones

Emocionales: retraimiento social, rechazo, tristeza, llanto, apatía, culpa, hiperactividad, ira, rabia, agresividad, falta de atención, dificultades escolares, miedo a la muerte, protectores.

Físicas: problemas de sueño, problemas en la alimentación, enuresis, dolores de barriga, de cabeza

No castigar estas conductas. Son soluciones que el niño está poniendo a prueba y en ocasiones están  fracasando, redirigir cuando sea necesario.

Ayudar a superar la pérdida ( fases)

1)Aceptar la realidad de la pérdida

  • Si se sabe antes avanzar al niño algunos hechos para que vaya haciéndose a la idea
  • Explicar lo que ha sucedido cuanto antes
  • Intentar que participe activamente en los ritos funerarios
  • Animarle a hablar, a contar la historia
  • Responder ante las preguntas con sinceridad y comprensión
  • Abrazarlo, mantener el contacto
  • Hablar con él de la persona fallecida
  • Visitar el cementerio, el lugar donde esté si él lo pide.

2) Sentir la pérdida y expresarla emocionalmente

  • Permitir que exprese lo que siente y nunca menospreciarlo
  • Animarlo a que no se esconda para llorar.
  • Poner nombre a sus sentimientos cada vez que los exprese
  • En niños pequeños expresar mediante el juego
  • En adolescentes pueden sentir más vergüenza, tomarnos tiempo y estar disponibles

3) Rectificar el concepto de muerte si no está claro

  • No fomentar ideas e inculcarlas (fantasiosas)
  • Hablar de la muerte utilizando elementos de la naturaleza si son muy pequeños.
  • Hablar de sus temores hacia la muerte

4) Ajustarse al ambiente en que la pérdida ya no está.

  • Dejar que el menor tome parte activa en la organización de su nueva vida: donde quiere dormir, con quien quiere vivir, si quiere cambiar su habitación…
  • Hablar con el de los cambios y nueva organización.
  • Respetar sus espacios y su tiempo.
  • Hablar con los profesores y explicarles las alteraciones (si hay alguna)

5) Colocar de nuevo a ese ser querido en la vida de uno, mediante el recuerdo no traumático y las conmemoraciones

  • Usar fotos, vídeos para comentar con el niño
  • Conmemorar los aniversarios.
  • Hacer algo creativo (collage de fotos con la persona que ha fallecido, escribir relato, poema, carta
  • Recoger una caja de recuerdos de esa persona
  • Animarle a hacer un homenaje personal

¿Cuándo se necesita ayuda profesional?

  • Para dar la noticia si en el entorno familiar nadie quiere asumir dar la mala noticia o ayudarle a expresar sus sentimientos.
  • En circunstancias especiales (catástrofes, accidentes…) que está separado de su familia y necesita ayuda ps inmediata.
  • Si a partir del primer mes no mejora y no ha pasado las tres primeras fases
  • Si los síntomas empeoran cada vez más o persisten durante más de un mes.
  • Si presenta: ideas de suicidio, ideas delirantes, grandes regresiones, en adolescentes ctas de riesgo, negación de la pérdida, embotamiento emocional importante, revivir y reexperimentar el hecho traumático con frecuencia, evitar actividades relacionadas con el suceso, estado de hipervigilancia y activación, hipocondría, afecciones depresivas de gravedad.

Rosi Palencia, psicóloga sanitaria

Palencia &acevedo psicólogos

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Mejor solucionarlo cuanto antes

El último post de nuestro blog hablaba de la procrastinación, que trata de ir aplazando y no afrontar las tareas que no nos gustan… pues un poco esto mismo pasa con nuestros problemas emocionales, conductuales, situacionales, en resumen, nuestros problemas psicológicos. Cuando vemos que algo no marcha bien solemos pensar: ya pasará, es una tontería, ya se solucionará tarde o temprano… y eso no suele ocurrir, porque las cosas no se solucionan solas por arte de magia y lo más probable es que vaya a peor y que cuando busquemos ayuda la recuperación sea más larga.

Todos hemos oído la frase “el tiempo lo cura todo” que no puede ser más errónea y a la vez  más utilizada. Resulta que el tiempo no cura nada, sólo cura lo que nosotros hacemos durante ese tiempo, porque incluso el tiempo puede cronificar y hacer mucho más doloroso lo que nos ocurre.

La mayoría de las personas que vienen a consulta suelen hacer la reflexión de que si hubiesen venido antes se hubiesen evitado estar tanto tiempo en ese estado desagradable e incluso a veces insostenible que les ha hecho llamar por fin y acercarse a vernos. Incluso a veces te dicen, “pensé muchas veces en venir, incluso hace un año busqué el teléfono, pero no llamé, porque pensaba que tenía que estar muy mal  para venir al psicólogo o que aquí sólo vienen locos y yo no lo estoy, o que van a pensar si me ven en la puerta…”

Ante esta situación, desconocimiento, en la mayoría de las ocasiones, de la función del psicólogo, les pregunto: ¿y ahora como te sientes?, ¿Si hubieses sabido lo que hacíamos aquí te hubieses animado a venir antes?, ¿ Esto es tan difícil, tan grave como parece? Y normalmente la respuesta siempre es la misma, si lo llego a saber hubiese venido mucho antes.

La realidad es diferente, al igual que vamos al médico cuando nos ocurre algo antes de que sea muy grave( aunque se que a veces también procastinamos aquí y lo vamos dejando hasta que nos encontramos muy enfermos, pero no solemos dejar pasar tanto tiempo como cuando tomamos la decisión de acudir al psicólogo), si cuando notamos que algo no va bien, que no funciona, que intento sobreponerme pero no encuentro la manera de hacerlo, que quiero ayudar a mi hijo pero no sé, que mi día a día se me hace muy cuesta arriba… pedimos ayuda profesional, la situación mejorará rápidamente, porque cuanto antes busquemos solución antes se solucionará y en muchas ocasiones sólo necesitamos unas pocas visitas para poner fin al problema o para dar un cambio radical a nuestra situación.

Por tanto, el mensaje que os quiero transmitir hoy es que cuando algo os perturbe y no os deje tener una vida agradable, os preocupe, os entristezca, os desespere, mejor solucionarlo cuanto antes.

 

Rosi Palencia, psicóloga sanitaria

palencia & acevedo psicólogos

¿Disfrutas de la vida o pospones tu felicidad para el futuro?

Lunes, 7.00 de la mañana, me levanto de la cama azotada para poder dejar todo preparado antes de ir al trabajo y componerme para un día activo, como todo el resto de la semana.

Me despierto y pienso: es lunes, qué pereza, cuanto queda aún para el fin de semana, para poder disfrutar de mi tiempo de ocio.

Como el lunes llega el martes, el miércoles… y sólo me centro en mi trabajo y en todas esas obligaciones que acompañan mi día a día, no me da tiempo a más y no puedo dejar nada para después porque sino la casa estará sucia, la compra sin hacer, los niños sin atender…

Espero con ansia el fin de semana para disfrutar, para poder hacer algo diferente, pero este sábado justo me toca trabajar y por la tarde me encuentro cansada para hacer nada.

Por fin domingo, acabaré todo lo que tengo que hacer en casa, no voy a dejar nada que sino el lunes ya no me da tiempo.

Vaya… otra vez lunes, qué rápido ha pasado el fin de semana y no me ha dado tiempo a disfrutar. Bueno, lo intentaré el próximo fin de semana, sólo tengo que esperar a que pasen estos días.

¿Te sientes identificada o identificado? Como esta situación podemos encontrarnos infinitas en las que van pasando los días y vamos aplazando los momentos de felicidad para el futuro, pero ese futuro pasa y se convierte en presente, sin disfrutarlo, volviendo a esperar el futuro perfecto donde seremos felices, al menos por un rato.

¿Crees que vives el presente, que buscas un momento cada día para disfrutar de las pequeñas cosas, que te olvidas de todo por un instante y te sientes feliz, que pospones, en ocasiones, el trabajo y  el sacrificio por el ocio, que dedicas un tiempo a tu familia, a tus amigos y dejas aparcado todo lo demás, que te planteas cambios importantes en tu vida porque quieres mejorar y además tratas de llevar esos cambios a cabo?

Si es un sí, enhorabuena, no padeces el síndrome de la felicidad aplazada. Si por el contrario tu respuesta es negativa estás sobreviviendo y por tanto te encuentras inmerso en una situación en la que la felicidad y el disfrute se te escapan de las manos.

 

¿En qué consiste el síndrome de la felicidad aplazada?

Se caracteriza por la sensación de no tener tiempo para hacer todo lo que debemos hacer, lo que nos lleva a posponer los momentos de ocio  y descanso para después.

Quienes lo padecen sacrifican su presente por un futuro ideal en el que van a ser felices y van a disfrutar de la vida como no han hecho hasta ahora. Todo el trabajo, el esfuerzo, incluso el sufrimiento, está justificado por la búsqueda de un futuro mejor donde todo va a ser distinto y maravilloso. Soñamos con un ese tiempo perfecto y nos olvidamos del presente, lo que hace que pasemos por la vida de puntillas y no nos permitimos pisar fuerte.

Casi la mitad de la población de los países desarrollados padece este síndrome, dato que nos hace reflexionar si  realmente vivimos en un estado de bienestar o  si esta sociedad nos está empujando a creer que el consumismo es la clave de la felicidad cuando en realidad parece más la clave de la infelicidad.

Muchas veces pensamos que el poseer más bienes materiales nos hará más felices, pero sólo nos lleva a tener que trabajar más horas, ahorrar más dinero, privarnos de disfrutar de más tiempo, para poder poseer más cosas que luego se convierten en nuestros carceleros.

Además solemos meternos en una dinámica en la que pensamos que cualquier tiempo venidero será mejor.

Cuando estamos estudiando seremos más felices cuando terminemos la carrera y comencemos a trabajar. Cuando trabajamos seremos más felices cuando tengamos vacaciones o cuando nos jubilemos y podamos disfrutar del tiempo libre.

La cuestión es que nadie nos asegura que ese futuro será tan ideal como pensamos o que tan siquiera estemos aquí dentro de unos años o si nuestra salud nos permitirá disfrutar de todo lo que ansiamos.

¿Y si el momento presente es tan bueno que lo estamos dejando pasar por esperar un futuro aún mejor que nunca llega?

Este síndrome se relaciona con una serie de pensamientos irracionales que dificultan nuestro bienestar y nos complican la vida seriamente: Las exigencias, el catastrofismo y la racionalización.

Las exigencias: son creencias, mantenidas en forma rígida e inflexible, acerca de cómo debería ser uno mismo, otras personas o la vida.

Se relacionan con los valores, es decir, con creencias personales sobre lo que consideramos bueno, importante y valioso.

La mayoría de estos valores serían correctos si los adoptásemos como preferencias flexibles o sólo en determinadas circunstancias, pero el problema es su rigidez y su carácter coercitivo que hacen que, cuando no se cumplen, reaccionemos sintiendo ansiedad, culpabilidad, inhibición o ira, al pensar que es terrible.

Las exigencias suelen expresarse con términos como “debería”, “no debería”, “habría que”, “es necesario que” o “tendría que”. También se asocian con palabras como “siempre”, “nunca”, “absolutamente”, “totalmente” o “perfectamente”.

El catastrofismo: es la tendencia a percibir o esperar catástrofes sin tener motivos razonables para ello. Consiste en temer lo peor, en exagerar la posibilidad de que ocurra lo temido o en exagerar las consecuencias negativas que tendría si ocurriese. También lleva a minimizar los aspectos atenuantes del problema y nuestra capacidad para afrontarlo o manejarlo.El pensamiento catastrofista muchas veces comienza con la frase: y si… Está muy relacionado con las exigencias.

La  racionalización: es la tendencia a minimizar o negar nuestros derechos y preferencias. Puede concentrarse en pensar “no es así”, “es una tontería” y no llevo a cabo las cosas que quiero o que realmente son importantes para mi.

¿Cuáles son las consecuencias de este síndrome?

  • No  disfrutamos  de lo que tenemos hoy y además nada o nadie puede asegurarnos que el futuro que imaginamos será como queremos.
  • Pérdida de calidad de vida.
  • Pasamos por la vida de puntillas, sin disfrutar de nada porque siempre ha de venir algo mejor.
  • Riesgo de padecer trastornos de ansiedad, estrés o depresión.
  • Sensación constante de insatisfacción.

¿Qué podemos hacer para mejorar?

  • Identifica si sufres del síndrome de la felicidad aplazada, trabajando un exceso de horas y pensando que en un futuro las cosas irán mejor.
  •  Valora qué aspectos de tu presente te hacen feliz para continuar con ellos e incluso mejorarlos.
  •  Definir un plan de acción para empezar a cambiar cosas y empezar a hacerlo por cosas sencillas (disfrutar de las pequeñas cosas del día a día)
  • Trabajar nuestros pensamientos, modificar nuestras creencias irracionales (exigencias, catastrofismo, racionalización).
  • En el caso de las exigencias, la alternativa racional es mantener unas normas y valores flexibles. Para ello cuestionaremos cualquier norma o creencia personal formulada en términos como “deberías, “es necesario que” “tiene que”, pues tiende a ignorar que hay excepciones. Mantener los valores como preferencias, más que como exigencias absolutistas.
  • Catastrofismo: Hacer ejercicios para anticipar en positivo.

Uno de ellos sería proponernos frases que comiencen con y si… y que continúen     con cosas positivas, por ejemplo:

Y si voy a tomar un café y obtengo un rato de placer

Y si lo intento y me sale bien

Y si…

También podemos comenzar un diario de cosas positivas: necesitamos una libreta bonita donde apuntar al final del día todo lo bueno que nos ha pasado durante la jornada. Cada día apuntamos lo positivo, cada pequeña cosa que nos ocurre y lo leemos para darnos cuenta de que durante el día nos ocurren muchas cosas buenas, pero la mayoría de las veces pasan desapercibidas y sólo nos centramos en lo negativo.

  • Racionalización: comenzar a hacer importantes las cosas que lo son. Darnos cuenta que lo que nos hace feliz es importantísimo y empezar a llevarlo a cabo poniéndonos pequeños objetivos a cumplir e ir cumpliéndolos y pasando a otros mayores.

 

Rosi palencia, psicóloga sanitaria

palencia&acevedo psicólogos.

 

 

Ansiedad ante los exámenes

En estas fechas, rozando ya el final de curso, nos encontramos con los temidos exámenes.

Estas pruebas nos generan inquietud a todos los estudiantes, pero en algunas ocasiones esta inquietud se convierte en un problema más grave que nos  produce un malestar significativo o nos incapacita para enfrentarnos a ellas.

La ansiedad elevada ante los exámenes consiste en una serie de reacciones emocionales negativas que algunos alumnos sienten ante las evaluaciones. Puede ser normal cuando nos moviliza hacia nuestros objetivos, pero cuando se da a niveles muy elevados, puede interferir seriamente en la vida de la persona y obstaculizar el avance hacia las metas.

La ansiedad puede ser anticipatoria cuando el sentimiento de malestar se produce a la hora de ponerse a estudiar o al pensar en qué pasará en el examen, o situacional si ésta acontece durante la propia prueba. “En la mayoría de los casos, existe un agente real o percibido que activa la ansiedad.

Manifestaciones de la ansiedad ante lo exámenes:

SISTEMA AUTÓNOMO

  • Taquicardia/ dolor de cabeza
  • Sudoración/trastornos del sueño
  • Palidez/ pérdida de apetito
  • Sensación de mareo
  • Ganas frecuentes de orinar
  • Náuseas y vómitos
  • Dolor abdominal
  • Diarreas

SISTEMA COGNITIVO

  • Anticipación de consecuencias negativas asociadas al examen:
    • Castigo o reprimenda por parte de padres y profesores
    • Burlas de los compañeros
    • No alcanzar sus expectativas o las de los demás, miedo a no ser capaz y ser menos que los demás
  • Evaluación negativa de las propias capacidades (pensamientos negativos relativos al rendimiento deficiente)
  • Dificultades para concentrarse, confusión, dificultad para controlar las preocupaciones, quedarse en blanco.

SISTEMA MOTOR

  • Tensión muscular elevada
  • Temblores
  • En el caso de los niños pueden intentar evitar la escuela a través de medios como:
    • quejas de síntomas físicos
    • conducta negativista

¿A quién afecta?

Los estudios estiman que entre un 15 y un 25% de los estudiantes españoles sufren ansiedad ante los exámenes. Es frecuente que personas con fobia social o trastorno de ansiedad generalizada sufran también problemas de ansiedad de evaluación y ansiedad ante los exámenes.

¿Cómo se origina?

Existen diversos factores que pueden facilitar la aparición de este problema. Entre ellos podemos destacar:

  • Por una mala experiencia anterior o se puede estar pensando en exámenes anteriores de otros compañeros o en las consecuencias negativas que acarrea salir mal en el examen, etc.”,
  • Falta de preparación para la evaluación. Cuando esto sucede puede ser que errores en la distribución del tiempo, malos hábitos de estudio o un “atracón” de lectura la noche anteriorincrementen considerablemente la ansiedad.
  • En el caso de niños y adolescentes e incluso jóvenes universitarios, puede ser por expectativas demasiado elevadas de los padres.
  • Reforzar sólo el resultado positivo y castigar el resultado negativo sin tener en cuenta el proceso.
  • Comparación con el rendimiento de los compañeros.
  • Reacciones negativas ante experiencias de bajo rendimiento (reproches, castigos, burlas…).

¿Cómo se mantiene el problema?

Cuando el estudiante ya ha desarrollado ansiedad ante los exámenes la proximidad de la prueba hace que se anticipe el fracaso y las consecuencias de este. En este momento se disparan las preocupaciones y los síntomas que le acompañan. De esto modo la persona se centra en la parte negativa (dificultad de la materia, falta de confianza, fracasos anteriores…) y anticipa que va a salir mal. Probablemente intente estudiar más horas, pero las preocupaciones interfieren significativamente en su nivel de concentración. Si además de esto el estudiante no tiene un buen método de estudio, la interferencia de la ansiedad será aún mayor.

El miedo anticipatorio y el malestar que conllevan pueden provocar que la persona incluso decida no presentarse al examen, cosa que a la larga mantiene aún más el problema.

Una vez en el examen las ideas negativas sobre el fracaso, la falta de capacidad… influyen en la atención durante la prueba y por tanto influirá en el rendimiento.

No siempre la ansiedad dará como resultado una mala nota, pero la experiencia sufrida será bastante desagradable y al terminar la prueba nos sentiremos agotados.

Si finalmente la nota es menor de la esperada, el círculo vicioso se cierra, ya que tomaremos como prueba de nuestro fracaso este rendimiento insuficiente.

Consejos para reducir la ansiedad antes del examen:

  • Tener un buen plan de estudio: Programar el tiempo de estudio en casa y aprender unas buenas técnicas de estudio. Es la mejor manera de trabajar día a día y evitar los atracones de última hora.
  • Organizar los repasos de modo que nada se quede en el olvido.
  • Establecer metas de estudio y afrontarlas paso a paso para no saturarse.
  • No dedicar la noche antes del examen a empollar, ni en los últimos días ya que:
    • No recordarás la mayor parte de lo que has estudiado.
    • Se te confundirán las ideas y estarás poco perspicaz.
    • Estarás física y psíquicamente cansado durante el examen.
  • Infórmate lo más pronto posible sobre las características y tipo de examen.
  • Repasa tu material como apuntes, esquemas, resúmenes, etc.
  • Deja preparado todo el material necesario para el examen antes de irte a dormir.
  • Procura hacer deporte o algún tipo de ejercicio físico. Hará que te olvides de ello, además de sentirte mejor.
  • Trata de relajarte con alguna actividad placentera o con las siguientes técnicas: respiración abdominal y    relajación muscular (tensar y relajar los diferentes grupos musculares).
  • Realizar alguna simulación de examen.
  • Es fundamental, habiendo preparado el material de estudio, no evitar la situación de examen.
  • Premiar el proceso, no el resultado.
  • Restarle importancia al resultado del examen, no pasa nada por suspender si me he esforzado. Lo esencial es la actitud y no debemos, nunca, castigar el esfuerzo.
  • Pedir asesoramiento profesional si la ansiedad genera un gran malestar e interfiere en la rutina académica de una manera significativa.

 

Rosi palencia, psicóloga sanitaria

palencia&acevedo psicólogos

 

La psicología es de ciudad

Hace dos semanas tuve una conversación con uno de mis profesores de la facultad durante mi etapa de estudiante, Marino Pérez, catedrático de psicología, durante un breve paseo, tras una conferencia magistral que vino a ofrecernos a Colombres . Tuve la gran suerte de poder comer con él y con personas muy apreciadas para mi, donde hablamos de manera amena de temas muy interesantes, tanto que se nos pasó el tiempo muy rápido  y tuvimos que salir volando al lugar donde se impartía la conferencia.

Terminado el evento, en un contexto inigualable, como es el archivo de indianos de Colombres, caminamos por sus jardines hasta dar con la plaza Manuel Ibáñez y continuamos durante un buen rato conversando.

En ese trayecto hablamos de que estaba haciendo yo en ese momento, de mi trabajo, proyectos, etc  y me preguntó por la consulta, donde estaba, como me iba… y todo ese tipo de cosas.

Mientras le comentaba lo ilusionada que estaba con este proyecto y que ya llevábamos 4 años ejerciendo en nuestra consulta privada, con las mismas ganas o incluso más que al principio le dije: “sólo hay una cosa que he tenido que cambiar y aprender estos 4 años en un entorno rural, del que yo soy y en el que ejerzo mi profesión como sanitaria y que nos contáis en la facultad el primer año de carrera como requisito indispensable a cumplir”.

Ahora os cuento y os diré que me respondió.

Cuando empiezas la carrera de psicología lo primero que te enseñan es que no debes pasar consulta a personas allegadas a ti, en principio familiares y amigos, pero incluso gente cercana, además te explican que tienes que mantener una relación poco cercana si después de la consulta te encuentras con tus pacientes- clientes fuera del entorno clínico… hasta aquí todo bien si ejerces en Madrid o incluso en Oviedo o Santander… vamos… en una ciudad, pero en un pueblo o Villa, como es este caso San Vicente de la Barquera, donde conoces a mucha gente y te encuentras con ella por la calle, es muy diferente y más si eres de un pueblo vecino, como  Unquera , en mi caso.

Entonces le comenté que el primer año había sido raro, dudaba como comportarme fuera de la consulta por todo eso que te enseñan en tus años de facultad, pero que no se adecua para nada a esta situación que es trabajar de psicóloga en el entorno rural, pero tras un tiempo me dí cuenta que es una forma nueva de hacer psicología y que simplemente es una situación que debe ser natural y que las personas lo respetan y saben que es una relación terapéutica y que tu tienes tu  vida privada.

Cuando le comenté a Marino esta situación me dijo… ya, es que la psicología es de ciudad… y yo le dije, es cierto que en principio es así, pero son otros tiempos.

Con todo esto yo opino que la psicología no está hecha sólo para la ciudad, el entorno rural no es aquel entorno que los urbanos calificaban como  tosco e ignorante donde quedaba relegado todo lo importante para la ciudad y aquí estábamos a años luz de saber nada que no fuese lo que aquí habitaba, ni fue ni mucho menos es así la situación de los pueblos, aunque hace años no contábamos con todos esos privilegios que hoy ni siquiera nos diferencian a los de un lado y otro,  está hecha para todo aquel que quiera disfrutar de ella, que desee ser inundado por su sabiduría y que busque una ayuda específica, un aprendizaje para mejorar su vida y un placer para sus sentidos.

Con la experiencia de estos últimos años también me he dado cuenta que es importante acercar la psicología a las personas de a pie, porque se considera como algo lejano, sólo requerible si hay un problema grave que no podemos solucionar solos o cuando entramos directamente al mundo de la “locura”.

Al ejercer en un pueblo o una Villa y todo su entorno puedes realizar diferentes tipos de actividades como pueden ser talleres, cursos, conferencias, coloquios, además de terapia, pero eso ya es conocido por todos como función principal del psicólogo clínico o sanitario, donde compartes con otras personas diferentes visiones de la vida, les ayudas al crecer y a desarrollarse personalmente y ellas mismas se dan cuenta que haciendo otro tipo de cosas, pensando y actuando de otra manera más sana, alcanzan un grado de bienestar mucho mayor del que en ese momento experimentan.

También he de confesar que comenzar a hacer clínica en el entorno rural es más complicado que en una ciudad, porque eres pionero en muchas cosas y tienes que luchar contra estereotipos fijados concienzudamente e ir saltando barreras poco a poco.

Una de las cosas que me dijo una persona cuando abrimos la consulta fue: “estáis demasiado céntricas, si alguien va a la consulta lo puede ver cualquiera”, como si venir al psicólogo fuese algo deshonroso que hay que esconder, no vayan a pensar que estoy loco… y yo le contesté, pero si venir al psicólogo en muy chic, es más, en EEUU está de moda y va todo el mundo para que lo asesoren, para sentirse bien… y además es de personas cultivadas y bien posicionadas.

Esto que os cuento es una breve anécdota con un toque de humor, pero me he seguido encontrando con esto en diferentes ocasiones y ahora me encuentro mucho más con el caso contrario, con personas que acuden porque quieren mejorar en su vida, que tienen pequeños o grandes asuntos que no pueden resolver solos y necesitan ayuda profesional, con padres preocupados por sus hijos a la hora de educarlos, de aprender unas técnicas para poder manejar conductas, emociones… con problemas de aprendizaje o de estudio que son resolubles en cuestión de poco tiempo si se les pone remedio rápidamente.

La cuestión es que  cuando nos duele algo, nos sentimos mal físicamente, necesitamos hacernos un chequeo… vamos a nuestro médico de familia o al especialista, pero cuando nos duele algo que no es físico, cuando estamos nerviosos, preocupados, o no sabemos como manejar una situación ¿donde acudimos? En muchos casos volvemos al médico de familia, pero él no es el especialista. La respuesta adecuada  es el psicólogo y estamos ahí para resolver todo ese tipo de cosas que a la larga si no se solucionan derivan en problemas mucho más graves que a veces nos llevan a situaciones desesperadas, sin salida e incluso crónicas.

Por lo tanto y como conclusión final, estoy convencida  de que la psicología es algo de todos, del mundo, de la ciudad y del pueblo. Porque además el entorno rural merece tener todos esos servicios que ha tenido siempre la ciudad, porque somos las mismas personas, incluso con una cultura más rica en valores, en solidaridad, con ese  afán  por aprender y mejorar y la psicología es la ciencia del comportamiento, que nos ayuda a vivir mejor, a manejar nuestras emociones, pensamientos y conductas, que nos ayuda a crecer interiormente y a obtener un bienestar personal y social.

Rosi palencia

Psicóloga sanitaria

Palencia&acevedo psicólogos

¿Estoy educando bien a mi hijo?

Cuantas veces nos planteamos ¿estoy educando bien a mi hijo?

Las dudas son frecuentes, no sé si hacer esto o lo otro, si lo que le digo es así o debería decírselo de otra manera, si hago esto lo estoy consintiendo o soy demasiado duro…

Todas las dudas que tenemos son  normales y en la tarea de ser padres todos en algún momento somos primerizos y nos encontramos con una cosa pequeñita que llega a nuestra casa y a nuestros corazones para invadirnos, a la que queremos por encima de todas las cosas y con la que deseamos actuar como los mejores padres del mundo, pero es tan difícil… porque nunca lo hemos hecho, no nos preparan en ningún colegio ni en ninguna universidad para ser padres y aprendemos a serlo a la vez que ellos aprenden a ser hijos.

En el post de hoy os hablaré de los diferentes estilos educativos que utilizamos y cual es el más adecuado, pero esto no quiere decir que tengamos que hacerlo todo perfecto.  Somos padres, pero somos personas, imperfectas, por supuesto y esta es nuestra gran virtud.  Nuestras imperfecciones generan personas diferentes y extraordinarias y el querer mejorar  es una opción imprescindible, sobre todo a la hora de educar a nuestros pequeños.

La educación no es un proceso unidireccional, sino un proceso en el que influyen múltiples factores. En palabras de Rich Harris, «la educación no es algo que los padres hagan a los hijos, sino algo que padres e hijos hacen conjuntamente»

Los estilos educativos son la forma de actuar de los adultos respecto a los niños en su día a día, en la toma de decisiones y en la resolución de conflictos.Se crean expectativas y modelos con los que se regulan las conductas y se marcan los límites que serán el referente de los menores.

Estilos educativos:

Autoritario: los padres valoran la obediencia por encima de todo  y creen en la restricción de la autonomía del hijo, no se les permite hacer demandas a los padres y es más probable la utilización del castigo físico. Normas minuciosas y rígidas, recurren mucho a los castigos y poco al refuerzo, no responsabilidad paterna, el responsable del comportamiento siempre es el niño y los padres siempre lo hacen bien, comunicación cerrada (no hay diálogo), afirmación de poder, clima de poder y sumisión.

Permisivo: los padres proporcionan toda la autonomía posible a sus hijos, siempre que no se ponga en peligro la supervivencia física de estos. Imponen pocas reglas a sus hijos, realizan pocas demandas para el comportamiento maduro, evitan la utilización del castigo y tienden a ser tolerantes con un amplio rango de conductas. Indiferencia ante las conductas positivas y negativas, responden y atienden las necesidades del niño, permisividad, pasividad, evitan la autoridad y poner normas o  estas normas  son muy flexibles,  toleran todos los impulsos del niño y  acceden fácilmente a sus deseos.

Negligente: los padres tienden a limitar el tiempo que invierten en las tareas parentales, minimizando el tiempo de exposición a los inconvenientes que suponen estas tareas.No se  implican de manera  afectiva en los asuntos de sus hijos, no hacen tarea educativa, escasa motivación y capacidad de esfuerzo.  Rasgos claros de inmadurez.

Autorizativo o democrático: los padres mantienen un estilo responsivo a las demandas de sus hijos pero, al mismo tiempo, esperan que sus hijos respondan a sus demandas .Intentan dirigir las actividades del hijo de modo racional y orientado al problema. Manifiestan afecto, sensibilidad ante las necesidades del niño, se le escucha , se negocia de manera razonada y se le da responsabilidades, explicaciones, se promociona la conducta deseable, se corrigen conductas de manera positiva y adaptada a la edad del niño.

Consecuencias de los diferentes estilos en los hijos

Autoritario: baja autonomía,  poca confianza en sí mismos,  falta de creatividad, baja autoestima, escasa competencia social, agresividad e impulsividad, hacen las cosas por evitar castigos, no motivación de logro ni autónoma, menos alegres y espontáneos.

Permisivo: Baja competencia social, pobre autocontrol, escasa motivación, escaso respeto a normas, baja autoestima e inseguridad, inestabilidad emocional, autoconcepto negativo, falta de autoconfianza, bajos logros escolares, baja tolerancia a la frustración.

Negligente: escasa competencia social, bajo control de impulsos y agresividad, escasa motivación y capacidad de esfuerzo, inmadurez.

Autorizativo o democrático: Alta competencia social, autocontrol, motivación, iniciativa, moral autónoma, alta autoestima, alegres y espontáneos, responsabilidad y fidelidad con compromisos personales, altruistas, solidarios, elevada motivación de logro, menos conflictos con los padres.

Como afecta en la adolescencia:

El Estilo autorizativo se encuentra más relacionado que el resto de estilos parentales con altos niveles de ajuste, madurez psicosocial, competencia psicosocial, autoestima y éxito académico. Los adolescentes toman sus propias decisiones y formulan planes apropiados. Toman decisiones y realizan planes que son más satisfactorios para sus padres.

La paradoja es que en los hogares democráticos, los adolescentes se identifican fuertemente con sus padres y, a la vez, han internalizado las reglas y valores de éstos.

Por el contrario, los adolescentes cuyos padres son autoritarios y coercitivos en sus relaciones con ellos son:

  1. a) menos propensos a implicarse en explorar alternativas de identidad;
  2. b) más proclives a adoptar normas morales externas, en lugar de internalizar las normas; c) suelen tener menor autoconfianza y autoestima
  3. d) tienen más problemas en utilizar sus propios juicios como guía de conducta.

Dificultades para ser autónomos, ya que tienen menos desarrollado el sentido de su propia identidad, confían menos en su competencia y son más susceptibles a la presión de sus padres, porque han aprendido a depender de fuentes externas de aprobación y guía.

Pautas para padres

  • Ponerse de acuerdo para establecer  normas y límites (adecuadas a la edad del niño) y tomar decisiones. Proporcionarán autonomía en el menor.
  • Clima de afecto, cuidado y consistencia de normas.
  • Fomentar la empatía y  la asertividad en las relaciones con los demás
  • Corregir conductas, desde el refuerzo y no desde el castigo, enseñando cual es la conducta adecuada.
  • Si lo padres no saben como manejar esas conductas y corregirlas acudir a u profesional que pueda asesorarlos.
  • Enseñar conductas alternativas cuando recibe un insulto, pierde en un juego (se favorece la autonomía y autorregulación)
  • Fomentar el diálogo, la negociación
  • Intentar que el tiempo que se dedique a los hijos sea de calidad, aunque este sea reducido.
  • Mostrar una actitud responsiva con sus necesidades para incrementar su responsabilidad y toma de decisiones y a la vez mantener un alto nivel de cohesión y afecto en el entorno familiar.
  • En el caso de la adolescencia, la meta de la socialización familiar debería ser estimular el que sean personas independientes y autónomas, aunque en un contexto de cuidado, afecto y relaciones familiares íntimas y cohesivas. Menos autoridad y poder paterno, ya que la forma de socialización debe cambiar en términos de mayor flexibilidad y responsividad.
  • Los niños y adolescentes instrumentalmente competentes son fruto de padres afectivos, establecen normas racionales y claras , a la vez que permiten al niño/adolescente  autonomía dentro de esos límites y son capaces de comunicar con claridad sus expectativas y las razones de tales expectativas.

 

Rosi Palencia

Psicóloga Sanitaria

Palencia&acevedo psicólogos